Mientras los políticos y los especialistas tratan de explicar y justificar la inflación, el ama de casa sabe y siente lo que es inflación. Cuando va al mercado a comprar para “hacer la comida”, es la primera en darse cuenta si los precios de lo que acostumbra adquirir, han subido o no. Igual cuando gasta en los servicios de rutina. O sea si hay o no inflación, nadie la engaña, es una notaria que da fe de lo que está ocurriendo. No está alejada de la ciencia económica ni de la realidad. Según las teorías monetarista y estructuralista, el proceso inflacionario se incuba y al final se refleja en la subida de precios de los bienes y servicios.
De ser así, es tan inteligente que ya está pensando qué puede hacer, reestructurar de inmediato el presupuesto familiar y variar sus menús para que le alcance el dinero, sin modificar mayormente el nivel de satisfacción. Pensará en sacrificar algunos gastos no prioritarios para que alcance “la plata” y no endeudarse por que es peor. Experimenta si su ingreso familiar ha perdido valor adquisitivo. Toma sus medidas “antiinflacionarios” para balancear su presupuesto. Realmente es planificadora por excelencia. Como decimos los economistas, juega con sus curvas de indiferencia y la recta de balance (presupuesto), combinando precios y productos para satisfacer óptimamente sus menús. Me estoy refiriendo a encontrar el punto de tangencia de la recta de balance con la curva de indiferencia más alta. A la larga, es un factor determinante de los precios. Su demanda afecta a la oferta y ésta a su vez a la demanda.
En términos especializados, la oferta monetaria no se va ajustando matemáticamente al comportamiento del crecimiento. El ajuste no es automático. O como los estructuralistas, que la influencia se da por el lado de la demanda, sin olvidar que en una economía abierta (con comercio internacional) y nadie vive aislado del mundo, nos afecta el fenómeno de la globalización. Influye en nuestro Indice de Precios al Consumidor. En este caso, la competencia internacional de los alimentos como el trigo, maíz y soya, versus los biocombustibles; por el alza del precio del petróleo y la contaminación ambiental.
Los economistas y políticos, como los médicos, hacen sus análisis para diagnosticar, recetar y curar. La inflación es como un síntoma de la economía, como el virus del resfriado en el ser humano, que si no se controla a tiempo pesca una pulmonía agravando su salud. La inflación es el costo del crecimiento y desarrollo, todos los países la sufren. El asunto es saberla controlar. Por eso, el Ejecutivo ha propuesto al Congreso un presupuesto para desacelerar el crecimiento.
La Economía no es una ciencia exacta sino fundamentalmente social, que usa la matemática y la estadística como herramientas para ayudar a que la abstracción y los supuestos se acerquen lo más posible a lo que sucede en la vida real. Las leyes económicas se contrastan permanentemente para perfeccionarlas. .
Puedo concluir que en lo cotidiano la ama de casa, en cierta forma, es economista, planificadora y laboratorista. La inflación la sufrimos todos, unos más que otros, el problema se torna familiar. Al final, quiérase o no, el voto es familiar. Por eso ahora los políticos demuestran gran “preocupación”, pero preparándose para las próximas elecciones.
